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Saturday, September 12, 2015

Independencia y nacionalismo en septiembre, la bandera es un calmante.

Personalmente considero que el nacionalismo es una cuestión despreciable, una distinción injusta entre el “nosotros” y el “ellos”,  donde al primer grupo se le perdona lo imperdonable y al segundo se le condena sin juicio y por las más mínimas diferencias idiosincráticas.

Por razones evolutivas, la mayoría de nosotros sentimos una inclinacion a pensar que nuestro grupo mas intimo es mejor que el resto. Una perspectiva menos visceral revela que esto no es real,  ni tu familia es mejor, ni tu barrio es mejor, ni tu equipo de fútbol, ni tu país. Son diferentes sí, se sienten mejores quizás, e incluso probablemente se puedan encontrar aspectos arbitrarios donde nuestra islita puntúe mejor que la otra, pero no son intrínsecamente mejores, ni de ninguna manera se podría justificar racionalmente ningun atisbo de soberbia ni desprecio por el otro.

Estas no son necesariamente palabras sacrílegas en el mes de la patria, pues si hay motivos para celebrar que no implican ser burdamente nacionalista. Si bien no tiene sentido celebrar la formidable suerte que tenemos de ser Chilenos, pues como ya dije, no somos mejores ni peores, es tremendamente relevante celebrar el haber hecho una transición desde un régimen monarquista, colonial, opresor y explotador  a un sistema republicano y a lo menos nominalmente democrático.

En septiembre podemos celebrar que somos distintos, que tenemos una diversidad que nos enriquece a nosotros y al mundo. Podemos celebrar uno de los muchos pasos históricos significativos en la construcción de un país que reconoce su derecho a la autodeterminación y rechaza la noción absurda de la monarquía. Podemos celebrar que no necesitamos el tutelaje de otros estados para definir nuestro futuro, ya que somos independientes. O mejor dicho, alguna vez imaginamos un ideal independiente e hicimos algunos de los cambios necesarios para facilitar algún nivel de independencia. Pero la independencia es un proceso, y la Primera Junta Nacional de Gobierno no fue suficiente, ni bastó con terminar con la tiranía de O’Higgins como Director Supremo, ni sirvió la expansión territorial en perjuicio de los grupos originarios ni tampoco culminó redactando nuevas constituciones.

La independencia inconclusa de Chile es multidimensional y ya no tiene la simpleza de hace 200 años donde bastaba rechazar la monarquía española. La independencia tiene que ver con afirmar que poseemos la madurez y la habilidad necesarias para autogobernarnos exitosamente sin tutelaje y en ese aspecto aún hay tarea por hacer.

Un gran retroceso  en nuestro proceso de independencia fue el golpe de estado de 1973, donde la traición de los militares y los grupos de derecha permitieron someter al país, no a sus propias decisiones, sino a los designios soberbios de los EEUU de imponer su ideología neoliberal-capitalista a la fuerza por el beneficio intereses económicos extranjeros.

Socavan también nuestra independencia las concesiones que Chile le da al Estado Vaticano que arrogantemente modula la acción legislativa, evade el poder judicial mientras recolecta fondos libres de impuestos. Tal como escribe Ramón Badillo Alarcón en su articulo “Te Deum, la ceremonia de la discordia” el simbolismo de las celebraciones de esta fecha llega a un nivel de subyugación patética en la ceremonia del Te Deum.

“El tema de fondo es cortar la subyugación política del Presidente de la República con el líder de la iglesia católica y para eso, terminar con el Te Deum es fundamental. La discusión que debemos tener no es [como] enfrentarnos con las iglesias, sino [como] ponerlas en su lugar. El Presidente de la República debe encabezar las ceremonias que conmemoren la Independencia y las iglesias deben ser solo invitadas a estas celebraciones, no las anfitrionas. Al César, lo que es del César.”


El proceso de independencia también tiene que ver con crear las circunstancias donde un pueblo educado pueda tomar las decisiones y estas logren ser implementadas. Mi Chile independiente imaginario incluye ciudadanos educados gratuitamente por el estado, con autosuficiencia energética y tecnológica,  inmune a la corrupción, un consumidor austero y consciente, un idealista dispuesto a construir.

Mis deseos para este mes de septiembre son de celebración por lo que tenemos, sin complacencia pero con conciencia de lo que nos falta por hacer. Mis aspiraciones son ver menos arengas nacionalistas y más disposición a ser un agente de cambio. Menos banderas pasivas y más idealismo activo. Quiero un Chile que no esté dominado por el egoísmo y derrotado por las circunstancias, sino uno independiente, asertivo constructor de su propio futuro.