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Sunday, November 17, 2013

Elecciones de juguete, otra humillación.

Hoy me hubiese gustado ir a votar, aunque implicase ser vocal de mesa o hacer una cola larga, a pesar del frío o calor, a pesar de tener otras cosas que hacer. Pero hoy yo no voto, y no porque no quiera, sino por que no puedo. Soy Chileno pero hoy estoy en el extranjero y me avergüenza admitir que mi país no garantiza mi derecho a votar. ¿Estas seguro de que no puedes votar? me preguntan el resto de los ciudadanos del mundo, incrédulos y juzgando implícitamente que es mas probable de que yo este mal-informado a que un país cometa tamaña barbaridad.

Algunos sugieren que participe en la elección simbólica con voto electrónico del que hablan los medios de comunicación que no saben de que hablar. Tamaña sugerencia la considero insolente, humillante y deprimente. Yo no estoy dispuesto a prestar el voto, mi derecho a voto, para el circo publicitario que organiza una de las empresas que esta metiendo sus cuñas para venderle sus "servicios" a nuestro país. Yo no quiero que el proceso democrático, que costo sangre sudor y lagrimas recuperar, se mercantilice como tantos otros derechos en Chile. Dejando de lado por el momento los indiscutidos problemas técnicos y los problemas fundamentales del voto electrónico, lo central es que yo no quiero participar en una pantomima de voto.

¿Que diríamos si lo mismo se hiciera con otros derechos?  ¿Que diríamos si Microsoft te prestara por 5 minutos un computador portátil para hacer como si estuvieses en clases recibiendo una educación de calidad, pero en realidad no fuese mas que una propaganda?  ¿que diríamos de Bayer repartiese pastillas de menta, para que juguemos como idiotas, imaginando que son remedios, soñando como seria si en Chile la salud fuese gratuita y de calidad?

¿A que mas quieren que juguemos? Probablemente quieren que juguemos con una seguridad simbólica, con una justicia simbólica, una igualdad simbólica. Ya me duele profundamente como en la realidad el estado chileno decide no garantizar los derechos de sus ciudadanos y permita que estos se transformen en negocios para unos pocos y un insulto para el resto, para la mayoría. ¿Quieren que ademas de tolerar el desmantelamiento del estado disfrute jugando a ser cómplice del próximo gran deterioro? Yo no voy a prestar el voto para que juguemos a perder otro poco mas del ultimo resto de dignidad que le queda a mi país. Un voto simbólico, como cualquier derecho, si es solo simbólico, es una burla de mal gusto. Yo no voto simbólicamente, o voto de verdad y sin condiciones o nada.

Thursday, September 12, 2013

Pobreza del debate y los argumentos a medias, con publicidad.

Indudablemente los 40 años desde el último golpe de estado en Chile fueron una ocasión que llamó a reflexionar sobre el pasado, que es el único cimiento sobre el que podemos construir nuestro país. Reconstruir ambos, el ideal imaginario de nuestro país por un lado y también reconstruir el país en la práctica, considerando las limitaciones impuestas por las condiciones actuales sobre las cuales tenemos que empezar a trabajar. En un ejercicio imprescindible, muchas personas hicieron, una vez más su propia revisión histórica y pasional sobre nuestro 11 de Septiembre, el de 1973. Igualmente necesario a mi juicio, es entender las herramientas que usaremos para entender, debatir y construir nuestros próximos 40 años de civilidad.

La legitimidad de nuestros instituciones públicas esta en cuestionamiento. El hecho es que los grandes jugadores como la Concertación y la Alianza, así como el congreso y el gobierno tienen niveles de confianza y aprobación paupérrimos, todos por debajo del 33%. El debate público actual es de una pobreza intelectual desmoralizante.

El futuro de Chile, si es que no hacemos nada al respecto, viene hecho a la medida de unos pocos y en perjuicio de la mayoría. Sea para darle mantenimiento al status quo, reinventarlo desde cero o hacer algo entremedio, si es que vamos a hacerlo de manera coherente es necesario entender lo que tenemos y ponernos de acuerdo en nuestras opciones y acciones para el futuro. Sin olvidarnos de nuestras diferencias, urge encontrar un lugar común a todos los actores, un grupo de herramientas para entender y avanzar. Un aspecto que no se puede dejar de lado es nuestra racionalidad y nuestra capacidad para discutir abiertamente.

De alguna manera perdimos la capacidad de imaginar, discutir y de mostrar el desacuerdo de manera constructiva. Para llevar a cabo de manera digna la conversación necesaria para construir el proximo capitulo de Chile, tenemos que re-descubrir las características básicas del debate y entendamos la diferencia entre un berrinche, una propaganda y un argumento. Crucialmente, entendamos la diferencia entre un buen argumento y un argumento a medias.

Argumentar exitosamente es difícil y requiere hacer un esfuerzo. No es un esfuerzo de las entrañas, cómo podría creer al leer algunas columnas de opinión, pero del intelecto. Una de las tareas más difícil es separar nuestra idea de realidad en dos partes que juegan distintos roles en el debate Por un lado la porción de nuestra visión que estimamos susceptible de ser compartida por nuestro interlocutor, y por el otro lado, nuestras perspectivas y gustos personales.

Nuestras opiniones pueden tener distintos grados de subjetividad e incertidumbre. En un extremo, sobre gustos personales (¿cual es el color más bonito?) no tiene sentido argumentar pues son completamente subjetivos y todos tienen derecho a su opinión antojadiza. En el otro extremo están opiniones legales o científicas, para las que hay un marco estricto y tan objetivo como es posible, y solo una opinión experta y acotada tiene sentido. Entremedio de estos dos límites viven nuestras opiniones sobre política y sociedad, algunas más válidas que otras, dependiendo de su coherencia, nivel de objetividad y otras cualidades.

En un debate público no hay lugar para gustos personales ni verdades científicas. No tiene sentido someter a debate ni plebiscito el valor de 1+1 o el color mas bello. En el debate público no corresponde sostener un juicio sobre la realidad que no requiere argumentación. Si bien usted podrá tener derecho a manifestar su gusto por un sistema que beneficie al individuo sobre el colectivo (o al revés), en la esfera pública usted no puede asumir que un sistema (individualista o no) es objetivamente mejor sin entregar un fundamento coherente. No tiene sentido tomar seriamente argumentos a medias, u opiniones personales disfrazadas de argumentos, y por ende no corresponde otorgar tribuna a berrinches mal articulados.

Por ejemplo, cuando el o la economista de turno advierte que de subir el sueldo minimo aumentara el desempleo, sus palabras no explican nada pues no dicen cuánto subirá el desempleo, ni en qué rangos es aceptable intercambiar un mejor sueldo por más desempleo. Si la tendencia es cierta, queremos ver la evidencia que lo demuestra, pero aun así el argumento es un argumento a medias pues no informa sobre cual es el balance ideal entre empleo y sueldos. ¿Queremos realmente generar más empleos si estos empleos condenan a los trabajadores a una vida de miseria?

Otro ejemplo, Doña Teresa Marinovic ”argumenta”, a medias, que la desigualdad es deseable pues es consecuencia de las diferencias en esfuerzo y talento, y porque la caridad por parte del estado es mala. Pero sus argumentos, de hecho, no explican nada. Marinovic construye su argumento ignorando el nivel abismante de desigualdad y trata de forzar una dicotomía al argumentar que o somos todos iguales en la pobreza o tenemos que tolerar unos niveles de desigualdad morbosos. La premisa es que la gente más capacitada, que ha invertido su tiempo en educación, o que hace mas esfuerzo merecen ganar mas que los que los demás. Asumiendo la premisa como verdadera (aunque es discutible), esta no nos informa cuánto más debe ganar los unos por sobre los otros. ¿Hay alguien dispuesto a sostener que hay gente que se esfuerza 30, 50, 100 veces más que los demás? ¿Sera que sus 5 o 10 años invertidos en estudios justifican que gane en un año lo que un obrero gana en toda su vida?

Su argumento se derrumba fácilmente y es explicable por el hecho de que Marinovic asume su personaje de conservadora a ultranza para llenar el nicho “intelectual” de lectores Opus Dei. Como muchos otros, ella lo hace por motivos de mercadeo, sabiendo que su opinión no es un argumento, solo una propaganda para la cual hay un consumidor. Sus columnas cumplen el mismo rol que una paleta publicitaria, no explica por qué o cómo un producto es mejor que el otro, solo posiciona la imagen.

Ejemplos hay cientos, pasando por la teoría del empate en que un mal justifica otro, o los berrinches de apoyo incondicional al carácter del pedófilo de turno. Ya hemos tenido suficiente de iluminaciones divinas. Es tiempo de madurar el nivel de la discusión, manejar la evidencia, aprender de la dialéctica e incorporar los rudimentos del pensamiento crítico en el análisis cotidiano. Es necesario aprender a identificar las ilusiones presentes en el discurso publico, esas prestidigitaciones que aparentan ser un argumento, pero que se disuelven en el aire al tocarlas.

Una mejor condición de debate es necesaria, pero lamentablemente no es suficiente. El conservadurismo contra el que hay que luchar, por definición, es la oposición al cambio. Ser conservador implica la decisión de ignorar el avance en el entendimiento y las consecuencias de la nueva evidencia. El pensamiento mágico, común en los conservadores, le hace pensar que su moral es absoluta. Sus ideas obsoletas del libre albedrío los llevan al absurdos como por ejemplo pensar que pobres y los criminales lo son por opción. Su lógica revanchista de un ojo por ojo, en una ley de la selva para los extraños y ultra-proteccionismo con los propios no permite construir comunidad amplia, solo una excluyente a costa del grupo excluido para el provecho propio.

Sin embargo, por muy absurda que nos parezca la ideología conservadora, el debate no se puede ganar ridiculizando al oponente, sino entendiendo su punto de vista para luego hacer evidente la falsedad de sus premisas o la falla en la lógica. Es labor de todos desnudar por completo los argumentos de mala calidad que justifican el estado actual de las cosas, denunciar la propaganda y aborrecer los berrinches. Es nuestro rol exigir un debate de calidad, exigir evidencia y coherencia.